La regla Wooden de Charlie Munger
La lección de Wooden: deja de repartir tus recursos entre mediocres
Hay una idea profundamente incómoda en una de las historias favoritas de Charlie Munger:
No todo merece la misma cantidad de recursos.
Ni todos los jugadores.
Ni todas las empresas.
Ni todas las inversiones.
Ni todos los proyectos.
Ni siquiera todas las personas a las que dedicamos nuestro tiempo.
Munger explicaba esta idea recurriendo a John Wooden, uno de los entrenadores de baloncesto más exitosos de la historia.
La llamaba “The Wooden Lesson”.
Y su enseñanza es mucho más importante que una simple anécdota deportiva.

El error de repartir
Durante una parte de su carrera, John Wooden intentaba hacer algo aparentemente razonable: repartir los minutos entre muchos jugadores.
Todos entrenaban.
Todos formaban parte del equipo.
Todos debían tener oportunidades.
Pero Wooden acabó descubriendo que esa forma de actuar tenía un coste.
Cuando repartía demasiado los minutos, sus mejores jugadores jugaban menos.
Y al jugar menos, también aprendían menos.
Tenían menos situaciones reales de partido.
Menos decisiones bajo presión.
Menos coordinación con sus compañeros.
Menos oportunidades de mejorar.
Wooden cambió entonces el sistema.
Decidió concentrar la mayor parte del juego en siete jugadores.
Cinco titulares y dos suplentes principales.
Los demás seguían siendo importantes para el equipo, pero el partido se ganaba esencialmente con aquellos siete.
Y ocurrió algo interesante.
Los mejores jugadores jugaron más.
Al jugar más, mejoraron.
Y al mejorar, todavía tenía más sentido que siguieran jugando.
El sistema se retroalimentaba.
El talento también tiene interés compuesto
Aquí aparece la parte que fascinaba a Munger.
Normalmente pensamos en el interés compuesto aplicado al dinero.
Pero también existe algo parecido con la experiencia.
Una persona que toma cien decisiones relevantes al año aprenderá más que otra que toma diez.
Un empresario que lleva veinte años asignando capital probablemente entenderá ciertas decisiones mejor que alguien que acaba de empezar.
Un jugador que disputa todos los minutos importantes aprende cosas que el suplente nunca puede aprender desde el banquillo.
Por tanto:
más oportunidades producen más experiencia.
Más experiencia produce mejores decisiones.
Y mejores decisiones producen más oportunidades.
Es una forma de interés compuesto aplicado al talento.

Entonces, ¿por qué hacemos exactamente lo contrario?
Aquí es donde la historia se vuelve incómoda.
Porque en muchos ámbitos hacemos precisamente lo contrario de Wooden.
Repartimos.
Tenemos diez proyectos y damos un poco de atención a cada uno.
Tenemos veinte acciones y procuramos que ninguna pese demasiado.
Tenemos cinco líneas de negocio y mantenemos todas aunque dos sean extraordinarias y tres simplemente mediocres.
La distribución nos hace sentir seguros.
Pero existe una pregunta que rara vez hacemos:
¿cuánto estamos perdiendo por quitar recursos a lo excelente para mantener lo mediocre?
Imaginemos que tenemos diez inversiones.
Una de ellas es una empresa extraordinaria.
Tiene una posición competitiva excepcional.
Una dirección brillante.
Una elevada rentabilidad sobre el capital.
Muchas posibilidades de reinversión.
Y además cotiza a un precio razonable.
Las otras nueve son simplemente aceptables.
¿Por qué debería recibir cada una el mismo 10 % de nuestro dinero?
Eso sería exactamente lo que Wooden decidió dejar de hacer con sus jugadores.
El problema de la diversificación indiscriminada
Diversificar tiene sentido.
Protege frente al error.
Reduce el impacto de no saber.
Pero la diversificación puede convertirse también en una forma sofisticada de reconocer que no sabemos distinguir entre nuestras mejores y nuestras peores ideas.
Si tienes treinta acciones, necesariamente ocurre algo curioso.
Tu acción número treinta recibe capital que podrías haber puesto en tu acción número uno.
Por tanto, la pregunta no es solamente:
“¿Estoy suficientemente diversificado?”
También debería ser:
“¿Estoy diluyendo demasiado mis mejores ideas?”
Munger y Buffett nunca defendieron que una persona debiera apostar todo su patrimonio a una sola empresa.
Defendían algo diferente.
Que las oportunidades extraordinarias son escasas.
Y que cuando aparece una de ellas, el inversor debería estar dispuesto a actuar de manera significativa.
El gran problema: saber quién es realmente bueno
Pero aquí aparece la dificultad.
La concentración solamente funciona cuando somos capaces de identificar correctamente a los mejores jugadores.
Si Wooden se hubiera equivocado y hubiera dado casi todos los minutos a siete jugadores mediocres, el sistema habría fracasado.
En inversión ocurre exactamente lo mismo.
La concentración multiplica el acierto.
Pero también multiplica el error.
Por eso la verdadera filosofía de Munger nunca fue:
“compra pocas acciones”.
Era algo mucho más exigente:
“espera hasta encontrar algo excepcional”.
Estudia.
Descarta.
Compara.
No tengas prisa.
Y cuando aparezca algo realmente extraordinario, no lo trates como una oportunidad cualquiera.
Singleton, Buffett y el arte de asignar capital
Munger utilizaba también como ejemplo a Henry Singleton, fundador de Teledyne.
Singleton fue uno de los grandes asignadores de capital del siglo XX.
No seguía reglas rígidas.
Si sus acciones estaban caras, podía utilizarlas para comprar empresas.
Si estaban baratas, recompraba acciones.
Si encontraba una buena oportunidad de inversión, invertía.
Si no la encontraba, esperaba.
El capital iba allí donde podía producir más.
Warren Buffett ha hecho algo parecido durante décadas en Berkshire Hathaway.
El dinero generado por una empresa no tiene por qué reinvertirse necesariamente en esa misma empresa.
Puede ir a otra división.
A comprar acciones.
A adquirir una compañía.
O simplemente quedarse esperando.
El principio es siempre el mismo:
los recursos deben ir allí donde son más productivos.
Eso es exactamente lo que hizo Wooden.
Solo que en lugar de dólares asignaba minutos.
Siete jugadores
La historia de Wooden puede parecer una pequeña curiosidad del baloncesto.
Pero contiene una idea mucho más profunda.
Los recursos son limitados.
Tenemos una cantidad limitada de dinero.
Una cantidad limitada de tiempo.
Una cantidad limitada de atención.
Una cantidad limitada de energía.
Cada vez que asignamos un recurso a algo estamos dejando de asignarlo a otra cosa.
Por eso repartir parece justo, pero no necesariamente es inteligente.
La pregunta correcta quizá no sea:
“¿Cómo reparto mis recursos?”
Sino:
“¿Dónde producen más?”
Wooden encontró siete jugadores.
Buffett encontró unas pocas empresas extraordinarias.
Singleton encontró oportunidades excepcionales para asignar capital.
Y Munger convirtió todo aquello en una regla mental extraordinariamente sencilla:
cuando encuentres algo realmente bueno, no lo trates como si fuera mediocre.
La mayoría de las grandes oportunidades no aparecen muchas veces.
Por eso, cuando aparecen, quizá el mayor error no sea asumir demasiado riesgo.
Quizá sea dedicarles demasiado poco.